La importancia de cumplir un juramento

“¡Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres;
juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi Patria,
que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma,
hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen
por voluntad del poder español!”.
Simón Bolívar

“El juraméntico jamás cumplídico es el causántico del desconténtico” rezan los versos de una canción lúdica, irónica y crítica de la cantora y poeta chilena universal Violeta Parra (Mazúrquica modernica, 1966). Versos que resuenan dolorosamente vigentes todavía en varios países latinoamericanos, en que políticos mediocres hacen un elogio y una regla inviolable de la incapacidad y la falta de coraje ante las dificultades que enfrenta la consecuencia y la honradez. Sin embargo, felizmente, existen también muchos, innumerables, ejemplos de lo contrario, de juramentos cumplidos, que al contrario de la insignificancia que termina cubriendo implacablemente a la inconsecuencia, trascienden a la historia y al futuro iluminando las mejores esperanzas y esfuerzos de los pueblos por conquistar y construir su felicidad.

Uno de los más luminosos de esos juramentos es el de Simón Bolívar en el Monte Sacro de Roma, Italia, en 1805, que ayer 15 de agosto, cumplió 207 años de resonar plenamente vigente en nuestras tierras y pueblos. Tanto porque sintetizó con la consistencia de la materia más densa del universo el programa inmediato que habría de guiar la lucha independentista anti colonial contra España en los próximos 20 años, hasta el triunfo en Ayacucho, como porque fue refrendado por el Libertador con un accionar consecuente pocas veces alcanzado en la historia humana.

Para cumplir ese juramento, Bolívar sacrificó literalmente su vida, cualquier proyecto familiar, su fortuna y su honra. Heredero de una de las riquezas económicas familiares más grandes de la colonia española, la perdió toda en la guerra de independencia, al punto que hubo necesidad de vestir su cadáver con camisa prestada para remplazar la suya llena de hoyos. En casi 15 años de guerra constante, librando más batallas y recorriendo más territorio que cualquier otro guerrero hasta su época, pero no para conquistar sino para liberar pueblos, abolir esclavitudes y tributos racistas, fundar escuelas populares y devolver tierras a los indígenas. En medio de combates innumerables, sacrificios inmensos, cruzando a caballo miles de kilómetros, ríos caudalosos, cordilleras y desiertos, encontró tiempo para estudiar, reflexionar y soñar, escribiendo casi 10.000 páginas, proclamas, cartas, documentos de análisis y proyectos constitucionales. Resueltamente enfrentado a su clase oligárquica de origen y a los poderes fácticos internacionales, pagó su sueño de Patria grande, soberana y justa con el sufrimiento del odio y la calumnia, la traición, el exilio y el intento de asesinato (existe la posibilidad de que haya sido en verdad asesinado). Murió, como dijo uno de sus amigos a Manuela Sáenz, su compañera en todos los sentidos de la palabra, “como sólo mueren los grandes hombres, de pena”.

La crisis

El juramento del Monte Sacro de Bolívar es resultado perfecto del cruce de la biografía con la historia. Tenía 22 años, había vivido una temprana orfandad al morir sus padres siendo niño, y también el infortunio de la dolorosa muerte de su joven esposa tras menos de un año de matrimonio. En un hecho que los historiadores oficiales de las repúblicas oligárquicas han querido ocultar para deshumanizar a los héroes y reducirlos a mudas estatuas ajenas a los pueblos y usables a su conveniencia, Bolívar entra en crisis existencial y vive un período de bohemia que, aunque siempre ilustrada, alcanza grados autodestructivos.

Simón Rodríguez, genio intelectual y revolucionario independentista que fue maestro de escuela y tuvo enorme influencia en Bolívar niño de 9 a 12 años, exiliado de Venezuela por las persecuciones coloniales, re encuentra en París a su antiguo alumno en esas circunstancias y decide rescatarlo de su crisis combinando su amor compartido por el conocimiento y las ideas emancipadoras, y las saludables excursiones a campo abierto por la Europa mediterránea. Una de ellas, justamente la que los llevó al Monte sacro. Con ellos, estaba el también venezolano y amigo personal de Bolívar, Fernando Rodríguez del Toro.

El destino

Europa está convulsionada. La Francia revolucionaria se ha levantado contra el viejo orden absolutista, pero su líder, Napoleón Bonaparte, traicionando el ideario republicano se auto nombra “emperador”. Bolívar que admiraba ese liderazgo revolucionario, al igual que hizo el gran músico Beethoven y muchos otros, rompe dicha admiración y repudia la traición programática. La figura y el ideario de Francisco Miranda, genial combatiente e ideólogo de la independencia, se proyecta sobre su generación y Bolívar comprende que la hora histórica reclama enfrentar angustias más trascendentes que las solas personales, ya recuperado de la crisis ha decidido unir su destino al de su patria y su pueblo.

Antes de llegar al final más famoso del juramento, Bolívar repasa con sus compañeros de manera esencial las glorias y bajezas de Europa y Oriente, centros antiguo y en ese entonces actual de hegemonía internacional, y concluye si acaso el futuro libertario de la humanidad no está destinado a florecer en el nuevo mundo latinoamericano.
Se produce así el juramento como culminación de ese proceso. Y no faltará ni un solo día a su cumplimiento, contra todo y contra todos.

La permanencia

Rodríguez se quedará en Europa, aprendiendo todo el conocimiento de la época e imaginando las revolucionarias ideas educativas que intentará más tarde durante el breve pero heroico período del intento independentista por construir repúblicas soberanas, justas y unidas. Del Toro retornará a Venezuela con Bolívar, ambos combatirán en las filas revolucionarias, siendo del Toro tempranamente herido y mutilado en batalla. Bolívar continuará la lucha hasta alcanzar las cumbres de la inmortalidad.

El maestro Rodríguez retornará a Suramérica en 1823, Bolívar enterado le escribe desde Pativilca en Perú el año siguiente: “¿Se acuerda usted cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la Patria? Ciertamente no habrá usted olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros”. Dos años después, en la naciente Bolivia, el último intento de construcción de los bolivarianos, derrotados en todo el continente por las oligarquías insoberanas y dependientes, el maestro fundará las primeras escuelas populares y mixtas, para cuyo financiamiento Bolívar expropió los tesoros de las iglesias, siendo condenado con la excomunión, y sembrará el programa político y educativo del continente hasta hoy: “O inventamos o erramos”.

Derrotados, condenados a la miseria y la calumnia por no ocupar su lugar en las repúblicas de juguete, hechas sin y contra los pueblos, todos los bolivarianos sufren el derrocamiento, el exilio o el asesinato. Bolívar, en medio de traiciones, desciende al sepulcro delirando que ha “arado en el mar” en 1830. Manuela Sáenz vive desde hace varios años el exilio en Paita, Perú, en la soledad y la miseria. Tratando de llegar a su lado, muere en 1854 Simón Rodríguez, también en Perú, en Amotape, también solo y condenado a la miseria. Agónico en una humilde choza, el párroco del lugar viene a pedir al “hereje” que se arrepienta y reciba la absolución. Rodríguez responde: “¡No tengo más religión que la que juré con Bolívar en el Monte Sacro!”.

A pesar de que alrededor del centenario de la independencia, cuando ya no eran una amenaza personal a su poder, las oligarquías y los poderes fácticos extranjeros pretendieron cometer el “crimen perfecto”, tergiversando la historia para convertir a los primeros revolucionarios independentistas, entre ellos a los bolivarianos, en “padres” de sus republiquetas excluyentes y dependientes, por doscientos años los bolivarianos resurgirán por toda Latinoamérica para resistir la dependencia y la injustica, para retomar el sueño continental y libertario.

En 1977, en ocasión de los 200 años del nacimiento de Bolívar, el entonces teniente del ejército venezolano y profundo estudioso del Libertador, Hugo Chávez, funda el clandestino Ejército Bolivariano Revolucionario 200, que en 1983 pasa a ser Movimiento cívico y militar. Hasta 1992, los nuevos miembros juraban ante el “Samán de Güere”, histórico árbol a cuya sombra descansó Bolívar, con un juramento idéntico al del Monte Sacro en que sólo se cambiaban sus líneas finales: “que nos oprimen por voluntad de los poderosos. Elección popular, tierras y hombres libres, horror a la oligarquía” (las últimas tres consignas son tomadas del “Himno federal” del líder federal y campesino venezolano, Exequiel Zamora, en 1860).

En 2010, el ahora Presidente Hugo Chávez juramentó a los primeros 35.000 milicianos de la Milicia Nacional Bolivariana, constituida por población civil, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales, organizada en batallones de obreros, campesinos y estudiantes. En la ocasión, los 35.000 milicianos juraron ante la espada de Bolívar sostenida por Chávez con el mismo viejo, renovado y vigente juramento del Monte Sacro, esta vez la nueva línea final fue: “hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad de los poderosos y construido el socialismo!”

Se puede discrepar con las protagonistas de esta historia, pero es innegable la importancia de cumplir un juramento.

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