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Un recuerdo del Presidente Chávez y nuestra Articulación

Fecha de publicación: 6 marzo, 2013

Fue en abril de 2010. Una de las primeras reuniones para conformar nuestra Articulación Continental de Movimientos Sociales Hacia el ALBA. Habíamos una veintena de compañeros y compañeras de otros tantos países de América Latina, concentrados en una pequeña ciudad universitaria en uno de los cerros de Caracas. Yo había llegado ahí casi de casualidad.

Siendo chileno de origen andaba en recados de la solidaridad entre compañeros peruanos y brasileños y en las conversaciones apareció la solicitud de los compas brasileños para que Chile participara, yo argumenté que podía conseguir compas de movimientos sociales chilenos, pero replicaron que era una primera reunión y que se necesitaba gente de confianza y que querían que fuera yo en esta vuelta. Así llegué a la reunión, donde tuve la alegría de conocer a valiosos compañeros/as del Movimiento Sin Tierra de Brasil – MST y de re encontrar a queridos compañeros/as de Venezuela y de Cuba, a algunos de ellos/as después de varios años.

Coordinados por los compañeros brasileños del MST liderados por Joao Pedro, a quien conocí al bajar juntos del mismo avión, durante una semana debatimos y acordamos las líneas gruesas de lo que sería esta articulación de movimientos que no estaba adscrita al tratado formal de la Alternativa Bolivariana de los Pueblos – ALBA, sino que tomaba la idea y proyecto del ALBA como un horizonte programático para coordinar y movilizar ampliamente a movimientos de toda la región. Desde el inicio la agenda incluyó reuniones diarias con varios ministros del gobierno revolucionario, algunos impresionantemente jóvenes y comprometidos con sus pueblos, entre ellos a Nicolás Maduro el canciller que nos recibió en dependencias de la Cancillería, una casona convertida en museo de la revolución con innumerables y hermosas pinturas de los/as líderes históricos de nuestras luchas continentales. Me impresionó el nivel de fraternidad y confianza de compañeros con que nos recibió y habló con nosotros, comentando la situación, los embates de los enemigos, las vacilaciones de quienes no se deciden por la Patria, nada del boato, el protocolo y los formalismos tan típicos que deslumbran a nuestros políticos coloniales.

Durante los últimos días se nos avisó varias veces que iríamos a reunirnos con el Presidente Chávez, pero en varias ocasiones no se produjo el encuentro por su sobrecargada agenda y finalmente se nos informó que la reunión no iría. Sorpresivamente, una mañana nos sacaron en un bus y nos llevaron al palacio de gobierno, esperamos en un salón por espacio de 20 minutos, se nos advirtió de apagar los celulares y todo aparato electrónico y se nos llevó a otro salón grande y con una inmensa mesa ovalada de madera pulida y unos mapas murales del mundo cubiertos con vidrios para que se pudiera pintar con plumones encima, como una pizarra borrable. Yo recordé apenas los vi que había visto esos mapas y a Chávez pintando sobre ellos en la televisión un par de años atrás, explicando las estrategias imperiales y soberanas de los pueblos para la integración, recordaba perfectamente su tajante frase a los periodistas: “llevamos doscientos años en esa lucha y la vamos a ganar”. Pocas veces algo tan breve me había hecho comprender y sentir algo tan profundo como la continuidad histórica, permanente de nuestro programa y nuestra lucha, la identidad tan plena con todos y todas los que nos han antecedido y que seguirán después de nosotros. Pensé que desde esa sala el Presidente Chávez hacía pedagogía política para miles como yo.

La mesa tenía una treintena de sillas y en cada lugar había una tarjeta pegada a la mesa con nuestro nombre y nuestro país, ahí nos ubicamos. De pronto escuchamos la voz inconfundible del Presidente, fuerte, estentórea, como arengando, feliz. Debía venir por un pasillo que desembocaba al salón y que supuse largo porque escuchamos su voz por un lapso de tiempo antes de verlo aparecer a él. “¡Joao Pedro, ahí está Joao Pedro con sus ´guerrillas latinoamericanas´!”.

Cuando apareció se dirigió a Joao Pedro para abrazarlo y éste lo condujo a saludar a cada uno/a de los latinoamericanos de la Articulación en la mesa. Calculo que debe haberse demorado una hora y 20 minutos en saludar a cada uno/a, tomándose su tiempo, sin apuro, preguntando sobre el país, del cual siempre estaba muy bien informado y hablaba con genuino interés y cariño. Con quien más tiempo se tomó, asumo que una media hora, fue con el compañero de Guatemala, el Presidente recordó que siendo oficial muy joven lo mandaron a un curso contrainsurgente a ese país entonces en dura lucha guerrillera. En la conversación ambos se dieron cuenta que habían estado en la misma zona y al mismo tiempo. El presidente decía “ahí en tal y tal”, “claro, decía el compañero, si, ahí además estaba tal y tal y esto y lo otro”, y así hasta que de pronto el Presidente le dijo: “O sea que tú estabas cuando nos paseaban en el helicóptero para mostrarnos las zonas de guerrilla y de abajo metían tiros para arriba! Yo les decía a los instructores por joder: ¿y no pueden bajar para ver mejor?”. Contó cómo se peleó en un bar de militares con unos agentes norteamericanos que bebidos se jactaban de torturar prisioneros, ¡Cobardes! Les había gritado y terminó a las manos y castigado. Cómo había desafiado a todos sus compañeros oficiales estudiantes de toda América Latina a hacer un tramo del viaje a la ceremonia de graduación en un camión descubierto de los que usaba la tropa y que llegaron todos mojados por una lluvia torrentosa a la ceremonia, lo eligieron para hablar a nombre de todos en ella y él cuestionó que la guerrilla fuera obra del marxismo como decían los instructores, ¿no será más bien el hambre y la opresión?, preguntaba ante la desesperación del instructor que desde el final de la sala le hacía gestos para que terminara.

Cuando llegó a mi sitio debió estar unos 7 minutos conmigo, me dijo: “Tú sabes que yo estuve una vez ya, como presidente, en Chile, en época de Bachelet, pero no pude estar como yo quería, con la gente, con los movimientos, con los indígenas”. “Y ahora menos”, le dije yo y todos/as rieron, porque recién había ganado las elecciones en Chile el millonario pinochetista Piñera. “¿Y cómo estás tú?”, me dijo. “Las cosas están complicadas, pero ahí se sigue”, le dije. “Pero tú, tú cómo estás”, me insistió. Entonces recordé algo que él había dicho hace un rato al hablar con una compañera ecuatoriana. Había recordado la época neoliberal de Venezuela y dijo “en ese tiempo el pueblo venezolano estaba muerto, muerto y enterrado y después resucitó”. Le respondí: “Como usted dijo, Presidente, el pueblo chileno está muerto y yo espero que resucite”. Él me abrazó y me dijo al odio: “El corazón me dice que el pueblo chileno va a resucitar”.

Al terminar la ronda de saludos se detuvo ante un enorme y hermoso retrato de Bolívar, explicó porque conjeturaba que El Libertador podía haber muerto asesinado y no de tuberculosis, citó cartas y testimonios históricos que mostraban a Bolívar cabalgando, dando órdenes y planeando lleno de energías nuevas luchas contra Santander y los traidores que usando su nombre se entregaban a las oligarquías y los poderes extranjeros. “He hablado con médicos venezolanos, cubanos y de otros países, todos están de acuerdo en que nadie que muere de tuberculosis está así de energético, cabalgando y planeando pocos meses antes”. Contó la anécdota de cuando hace años el gobierno revolucionario compró un jet moderno para la política internacional, tenía la novedad de un teléfono y llamó desde el aire a Fidel Castro, Fidel se impresionó, “anda; Chávez, esto lo tienen Donald Trump y tú”, le dijo. Chávez le leyó una de las últimas cartas de Bolívar, donde se veía solo, abandonado, traicionado por quienes usaban su nombre pero traicionaban su proyecto. “No conocía estas cartas, qué triste”, le dijo Fidel y después de un silencio, agregó: “A nosotros no nos va a pasar así, nosotros venceremos”. Yo imaginé la escena a los dos presidentes comentando cartas de Bolívar y me sentí tan orgulloso de ser latinoamericano, tan feliz de ser parte de estos pueblos, esta historia, estos compañeros.

Luego vino la reunión. Empezó disculpándose por las sucesivas suspensiones de la reunión. Le dijo a Joao Pedro: “Sé que ya habías decidido irte sin reunirnos, cuando me dijeron yo dije ¿qué? Ha, no, Joao Pedro y sus ´guerrillas latinoamericanas´ no se pueden ir sin reunirnos, mira que eso es estratégico, primordial. Yo pensé hacerte, Joao Pedro, lo que mi padre hacía con unos muchachos ahí en mi pueblito. Tú sabes que mi papá era el alcalde de un pueblito muy chiquito por ahí y la única distracción y orgullo del pueblito era su equipo de béisbol, había dos chicos que eran muy, muy buenos y ellos hacían ganar siempre al equipo, el problema es que eran buenos para beber, venía el fin de semana y los muchachos se emborrachaban y ya no podían jugar y el equipo perdía, entonces mi papá (se reía mientras lo contaba) los hacía encerrar en la cárcel el día viernes para que el domingo estuvieran sobrios y jugaran, así pensaba hacer contigo para garantizar esta reunión tan importante”.

La reunión duró todavía unas tres horas más. A cada rato recordaba cosas, enseñaba historia. Contó una anécdota con la famosa Courtney Love, viuda del famoso rockero Kurt Cobain, con quien su asesor lo convenció de que se reuniera, al llegar con ella, vestía una minifalda cortísima hasta más no poder y el asesor le advertió: “Chávez, toda la prensa está ahí, así que hagas lo que hagas, no le mires las piernas”, entonces él avanzó con los fijos hacia adelante, como hipnotizado y le extendió la mano para saludarla. Me impresionó el cariño sincero con que trataba a todos sus subalternos, a su edecán, por ejemplo, un señor mayor en traje militar, nos lo presentaba y contaba como venía con él desde el alzamiento de 1992 y cómo en la cárcel le había enseñado a cocinar.

En fin, el Presidente asumió la Articulación con gran entusiasmo, subrayando siempre lo estratégico de unificar a los pueblos, a los movimientos sociales, la continentalidad de la lucha, del proyecto. Llamaba ministros y funcionarios, les explicaba, les daba instrucciones para apoyar la iniciativa, sugería fechas, lugares. Es más, unos días después de nuestra reunión fue la juramentación de los primeros cinco mil milicianos en Caracas, el gobierno revolucionario nos pidió a los/as que pudiéramos quedarnos para la ocasión y nos cambiaron nuestros pasajes de regreso. Una multitudinaria manifestación con miles de hombres y mujeres en traje verde olivo y con su fusiles juramentando defender con su vida la revolución, de todas las edades, todos los sectores, entre otros los milicianos campesinos con sus sombreros blancos y sus tractores. Chávez contó como recién asumido presidente encontró y rescató la espada de Bolívar de una fría bóveda de un banco, sacó la espada y sobre ella hizo jurar a los/as milicianos. Con un grupo de unos 7 compañeros de la Articulación y unos amigos venezolanos nos retiramos unas calles a conversar unas cervezas, cuando escuchamos los gritos de un compa brasileño que venía más atrás y nos dice: “Miren, está hablando de la Articulación”, nos quedamos parados en la calle escuchando al Presidente contar de nuestra reunión y hablar de lo estratégico que es articular los movimientos del continente, nos fuimos emocionados y redoblados en el compromiso de cumplir con esa tarea.

En esta hora triste por su partida física, también siento gratitud a la vida por brindarnos un liderazgo como el suyo, por enriquecer nuestra historia y nuestra lucha con su presencia, su ejemplo, sus enseñanzas. Parte de ellas, estos sencillos recuerdos colectivos, un regalo que tenemos como Articulación y que ahora he sentido la necesidad de entregarlos más allá, a todos/as quienes sienten y comparten esta aventura emancipadora de construir continentalidad soberana y justa desde los pueblos, de cumplir modestamente con esa tarea, ese compromiso.

Gracias, Presidente por existir y luchar. Seguimos tu paso firme, interminable, vamos cumpliendo esa tarea.

Última modificación: 6 de marzo de 2013 a las 16:25
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